Sunday, June 17, 2007

De qué hablamos cuando hablamos de amor

De qué hablamos cuando hablamos de amor
Raymond Carver
Anagrama, Barcelona, 2006
Traducción de Jesús Zulaika

Se trata de una colección de diecisiete relatos en clave hiperrealista. Carver pone al lector frente a la realidad social norteamericana. Descripción dura del mosaico social y lo que implica la sucesión de divorcios y amalgamas sociales complicadas en medio de las cuales el hombre –y la mujer- tienen que sobrevivir. La sensibilidad del otro hacia los propios sentimientos y la soledad que nos encuadra ante la falta de respuesta a la afectividad del otro van determinando la configuración de seres desarraigados en extremo para los cuales la palabra amor ha dejado de tener una significación universal, un valor absoluto.
“¿Por qué no bailáis?”, el primer relato, nos presenta a una pareja de enamorados que intenta comprar algunos muebles para su hogar en una venta de segunda mano. El anciano que los vende acepta el precio que ellos ofrecen porque cree descubrir en ellos la pasión del primer amor. Incluso les regala un tocadiscos y unos discos con la petición de que bailen –que demuestren el entendimiento de la pareja-.
En “El señor Café y el señor Arreglos” el lector se puede reconocerse en el alivio con el que un marido descubre que su ex mujer ama a un hombre que vale menos que él mismo: aquel que el creía un ingeniero aeronáutico ha resultado ser un trabajador de la cafetería del aeropuerto. Mejor, un ex trabajador y un ex presidiario porque su ex mujer pagó la fianza para que recobrase la libertad.
En “Belvedere”, un motel de carretera, trabaja una pareja. En principio les pareció un sitio muy apropiado para vivir su condición de enamorados. Y así fue durante una temporada. Pero apareció una morenita mexicana, encargada de la limpieza de las habitaciones y el hombre decidió probar las mieles de la infidelidad. El momento que elige Carver para dar a conocer la situación de la pareja al lector es precisamente el de la desesperación y la borrachera para olvidar, el hombre, su error, y la mujer su dolor. Perdido el respeto, perdido el sentido de la vida…, y el trabajo.
Sam y Cliff habían sido amigos, además de vecinos. Lo cuenta Carver en el relato “Veía hasta las cosas más minúsculas”. Un día se emborracharon y se dijeron las cosas claras. Levantaron una valla entre las casas. Sam sigue acudiendo a la valla por las noches aunque ahora recoge las babosas del jardín en un tarro. Las babosas son todo lo que queda de aquella amistad. La mujer de Cliff encuentra bastante desagradable la actividad nocturna de Sam –recoger las babosas. Es mejor el mundo que ve dentro de su casa.
Un padre le confiesa a su hijo cómo fue infiel a su madre repetidamente, hasta que el marido de la otra descubrió todo y terminaron los dos matrimonios. “Bolsas” es la justificación de lo injustificable delante del hijo, quien a su vez se encuentra en una situación de ruptura. Ambos hombres se encuentran en la cafetería de un aeropuerto, la gran casa de nadie; sólo gente de paso, como las propias relaciones de las parejas que duran lo que dura un vuelo. Pero Carver se limita a describir realidades muy probables. La misma crudeza de la realidad es una simbología de la soledad del hombre –y de la mujer- perdido en la selva del asfalto.
El baño” por ejemplo, un símbolo de que las necesidades cotidianas pueden imponerse a las circunstancias más dolorosas de la vida. Una pareja que deberían estar celebrando el cumpleaños de su único hijo, se ven inmersos en la tragedia: un coche acaba de golpearle y está en coma. La madre acompaña al niño en el hospital mientras el padre, que volvía del trabajo decide tomarse un baño. En casa recibe insistentes llamadas del pastelero pidiendo que pasen a retirar la tarta del cumpleaños.
Diles a las mujeres que nos vamos” es un relato sumamente cruel. Dos parejas de amigos de la infancia cenan juntos en casa de uno de ellos. Los hombres deciden salir a tomarse unas cervezas. Ven a dos chicas en un coche y las persiguen. La historia termina con el asesinato de las dos chicas. Una infidelidad trágica.
Después de los tejanos” describe la percepción de una pareja, ya ancianos, sobre la realidad del amor entre los jóvenes. El lector cree que el relato está fundamentado en el refrán “afortunado en el juego, desgraciado en amores”. Y así parece, pues los ancianos que han logrado vivir juntos en armonía no aciertan en el juego. Sin embargo los jóvenes que parecen ajenos al significado profundo del amor lo ganan todo. De pronto el lector se topa con un muro: la anciana padece cáncer.
Tanta agua tan cerca de casa” muestra al lector la indolencia e indiferencia de cuatro amigos que van de pesca un fin de semana. Nada más llegar, se encuentran el cadáver de una joven y deciden dejarlo atado a un árbol y no renunciar a su proyectado fin de semana; finalizado su fin de semana informan al sheriff. Lógicamente los vecinos de la localidad se extrañan de su frialdad pero para ellos el problema se resuelve con un güisqui y...
La tercera de las cosas que acabaron con mi padre” es el relato más largo. El protagonista analiza las causas de la muerte de su padre. Pearl Harbor, el regreso a la granja familiar y la muerte de Dummy (un vecino bobalicón), enloquecido por su dedicación a un criadero de peces. Por las pencas abandonó a su mujer y cuando el río se desbordó y perdió su criadero, mató a su mujer con un martillo y después se suicidó. Una escala de valores muy particular.
El penúltimo relato lleva el título de la colección “De qué hablamos cuando hablamos de amor” y es una reflexión sobre el significado de maltrato físico en la pareja y suicidio por amor. “Creo que en el amor no somos más que principiantes. Decimos que nos amamos, no lo dudo. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y también vosotros os amáis. Ya sabéis a qué tipo de amor me refiero ahora. Al amor físico, ese impulso que te arrastra hacia alguien concreto, y al amor que inspira el ser de la otra persona”.
Carver reserva para el último relato “Una cosa más” el argumento de un loco en el manicomio quien parece no haber resuelto su correcta ubicación. ¿Será el amor esa relación que nos desquicia la vida y nos hace sentirnos ajenos a nosotros mismos si nos falta la presencia del ser amado?

El sobrino de Atilano Nicolás

Monday, June 11, 2007

El faro de Alejandría, de Gilland Bradshaw

El Faro de Alejandría
Gillian Bradshaw
Emecé, Barcelona, 1997/ Salamandra
506 páginas
Tapa dura, 22,90 €

Obligada por su origen noble a contraer matrimonio con el cruel gobernador Faustino, la joven Caris huye en dirección a Alejandría. Su sueño es estudiar el arte de Hipócrates y dedicarse a la medicina. Basando esta trama en una detallada descripción de la medicina hipocrática y, por encima de todo, en una cuidada y rica ambientación en la mítica Alejandría, es una novela de ágil lectura y gran interés histórico.

En la primera parte, el lector descubre a una joven de Éfeso, en Antioquia (hoy Turquía), muy inteligente que siente la inquietud de dedicarse al estudio de la Medicina. La novela está ambientada en el siglo IV. Por supuesto que en aquella época ni el estudio ni el ejercicio de una profesión le eran permitidos a las mujeres que debían permanecer recluidas en el hogar bajo la autoridad del marido desde su juventud.
Así Caris, ayudada por su hermano y su nodriza, abandona la casa paterna para librarse de un matrimonio con un hombre carente de atractivo. Llega a Alejandría donde pretende ser aceptada como un alumno más. Para ello se hará pasar por un eunuco libre. Las cartas de recomendación escritas por su hermano Teodoro no parecen merecer la atención de los médicos de aquella ciudad. Por fin, un médico de origen judío, Filón, acepta a Caritón –será el nombre elegido por el eunuco- como ayudante. Filón no tiene acceso a los enfermos recogidos en los monasterios de frailes y decide aceptar a Cariton aprovechando que es cristiano. Caritón vivirá en casa de Filón con toda su familia.
En Alejandría, además de aprender la medicina teórica mediante la lectura de los papiros de los sabios en esa ciencia, practica la medicina y aprende la utilización de las plantas curativas. Participa de la vida de la ciudad y de las difíciles situaciones por las que atraviesa el Imperio. Así conoce al obispo Atanasio, anciano y enfermo, a quien ayuda en los últimos meses de vida y vive los terribles disturbios que suceden a su muerte cuando el gobernador encarcela a su sucesor y pone en su lugar a otro obispo nombrado por la autoridad civil. Los egipcios se rebelan y los partidarios del nuevo obispo se vengan de todos aquellos que tuvieran alguna relación con el anterior obispo, Atanasio. Caritón es acusado de brujería y condenado al tormento del potro. Es salvado en el último momento por correo del ejército a quien había curado de unas fiebres mortales. La libertad de Caritón estaba condicionada a su traslado a la frontera noreste del Imperio para atender a los soldados que defendían el valle del Danubio y que carecían de cuidados médicos.
En la segunda parte del libro el lector tomará conocimiento del contraste entre la vida de los soldados romanos y la de los pueblos bárbaros establecidos en sus fronteras. Muchos de ellos estaban deseosos de pertenecer al Imperio porque, a pesar de su ignorancia, intuían que el estar sometidos a un orden jurídico y a una justicia común era una ventaja frente a otros pueblos menos civilizados. También intuían que el patrimonio cultural de los romanos era algo muy valioso. Los pueblos bárbaros se vieron presionados por otros más lejanos, los alanos y los hunos que pretendían entrar en el Imperio Romano. La corrupción de algunos gobernadores que aprovecharon esa oportunidad para enriquecerse a costa de los bárbaros deseosos de pactar su inclusión en el Imperio, llevó a estos pueblos a la desesperada solución de buscar la alianza con los hunos para penetrar en el Imperio y conseguir su supervivencia. Caritón vive ese momento. Es secuestrada por los bárbaros que quieren que sus soldados y sus enfermos sean atendidos por el mejor médico. Los bárbaros descubren que en realidad es una mujer e intentan casarla con alguno de sus nobles sin conseguirlo. Caritón, de nuevo Caris, se niega a perder su libertad. Finalmente es rescatada por Atanarico, el correo imperial que ha ascendido y que cuyo origen bárbaro le permite traspasar las líneas enemigas sin ningún problema. Atanarico ha ido descubriendo poco a poco los secretos de Caris y también poco a poco ha ido sintiendo amor por ella.
El hermano de Caris, Teodoro –Torión- también consigue un ascenso social y es gobernador de las provincias limítrofes del este. Así podrá ayudar a su hermana en las dificultades que encuentra en el ejercicio de su profesión.
Atanarico y Caris terminarán casados. Pero ella conservará su libertad para seguir con el ejercicio de la práctica médica.
El sobrino de Atilano Nicolás

Friday, June 08, 2007

En la Obra Social de Caja España, Valladolid

“Las cuestiones de la Bioética: integración de la vida y la muerte en el progreso social
Salón de la Obra Social de Caja España, Plaza de España, 13

Hoy, 7 de junio de 2007, se ha celebrado una mesa redonda con 4 ponentes:
José Jiménez Lozano, escritor y humanista
Alfredo Marcos Martínez, Profesor de Filosofía de la Univ. de Valladolid
Laureano Trillo, Médico y especialista en Bioética
Fernando Rey Martínez, Profesor de Derecho Constitucional de la Univ. de Valladolid, como moderador de la mesa.

Comenzó José Jiménez Lozano con una exposición en la que cuestiones como el aborto, la eutanasia y el suicidio pergeñan un menoscabo a uno de los derechos fundamentales del hombre, el primero: el derecho a la vida. No es cuestión vana que pudiera afectar a un individuo ocasionalmente. Afectan a la sociedad entera ya que el poder civil que la ordena y gobierna y la propia sociedad, se sustentan en los derechos humanos (a la vida, a la propiedad, etc.).
José Jiménez Lozano apuntó a la filosofía darvinista del XIX como la definidora del hombre como primate superior, último eslabón de un proceso evolutivo, con el olvido de lo que la tradición cultural europea consideraba de particular o propio del hombre, el logos y la concepción cristiana del yo individual. Esta liquidación del concepto de persona, esta desestructuración que es recogida por el arte de las vanguardias del siglo XX –nada es lo que es; sino lo que el artista o demiurgo interpreta-, conlleva una concepción utilitarista y de rentabilidad social del individuo que deja de ser “una persona” y se convierte en un elemento de las “granjas humanas”. Perdido el valor individual del hombre ya solo importa el rendimiento que aporta a la sociedad. Si carece de rentabilidad está justificada su desaparición.
Los dos grandes totalitarismos que hemos sufrido a lo largo de la Historia llegaron a esta concepción del ser humano y sobre ella sustentaron los genocidios del siglo pasado. Y también sobre esta concepción del rendimiento social del hombre se llevan a cabo los infanticidios actuales, los abortos y las eutanasias o el ofrecimiento de órganos sanos al llegar a cierta edad. La muerte del débil supone una constricción del poder político-económico.
Durante el Tercer Reig se daba el “laissez faire, laissez passer” en los laboratorios en los que se experimentó procedimientos eugenésicos en pro de una raza pura. Otro tanto acaece en nuestra sociedad occidental en la que parece haber adquirido honorabilidad y un respaldo político ensoñaciones parecidas referidas a investigaciones de escasos resultados prácticos.
Presentar una justificación ante la sociedad de la que provienen los medios económicos que se invierten en tales veleidades ha exigido la elaboración de un lenguaje confuso, impreciso, que no permita al ciudadano de a pie comprender los manejos de los políticos y de los grandes gestores de la economía. Los Medios de Comunicación parecen ver diluida su responsabilidad a la hora de transmitir los datos que pudieran conformar el criterio de pensamiento de la sociedad y el hecho de carecer de responsabilidad conlleva un baile de datos en los que todo sirve. La educación se encargará, en ese sistema, de concienciar a las nuevas generaciones ilustrándolas de esa nueva manera.
José Jiménez Lozano recordó que el cristianismo siempre supuso “altivez y voluntad de no dejarse tratar como ganado”.

Alfredo Marcos Martínez, centró su intervención en la posibilidad de acuerdo social entre los dos grandes grupos sociales, los que defienden la vida de todo ser concebido y los que defienden la opción al aborto como un derecho de la madre.

Argumentos de carácter totalitario no suelen constituirse en base de discusión para nuestra sociedad. Pertenecen a la gestión de Estados Totalitarios, como China, en los que la natalidad debe estar subordinada a las necesidades del Estado.

En nuestra sociedad, pretendidamente liberal, se esgrimen argumentos como “cada uno hace lo que quiere” y el concepto libertad y vida se ven enfrentados irremediablemente.
Alfredo Marcos Martínez recordó que resulta al menos chocante una sociedad occidental en la que el argumento ecologista que valora la vida animal y vegetal y que las defiende por sistema, no se detenga a considerar que, en el caso del embrión humano también se trata de una vida y que al menos cabría considerar si existe algún otro modo de conservarla respetando la opción de la madre a desprenderse de esa nueva vida.
Hoy día, cuando los avances de la medicina permiten a los fetos de 25 semanas continuar su desarrollo fuera del vientre materno, quizás es el momento de atender al derecho de la madre a prescindir de su maternidad y, al mismo tiempo, al derecho de ese nuevo ser a continuar su vida. Antes de esas 25 semanas, desprender el feto de la madre supone la negación del auxilio necesario para la vida.
Igualmente resulta extraño examinar una legislación que estipula las condiciones para el transporte de los animales y las formas de sacrificio para consumo humano y pide que ese sacrificio sea lo menos doloroso posible y por otro lado no haga ninguna mención a la exclusión del dolor en el procedimiento de la muerte del feto mediante el aborto.
¿Qué soluciones se podrían dar a las mujeres que se encuentran en la difícil situación de elegir entre la muerte del feto o sus difíciles condiciones socio-económicas, por ejemplo?
Toda decisión libre conlleva un conocimiento exhaustivo de las consecuencias. Las mujeres necesitan de un consentimiento informado de la actuación médica durante el aborto. Y convendría poner a su disposición la tecnología actual como son las ecografías en tres dimensiones.
De entrada, una sociedad que se considera progresista no debería admitir que sus mujeres sufrieran el dilema entre elegir la vida de su hijo o la supervivencia. Debería de considerarse un parámetro de las sociedades desarrolladas el menor número de abortos que sería un indicativo de que sus mujeres con arropadas y auxiliadas en el periodo previo a la maternidad. E igualmente ocurriría con la eutanasia. No se puede enfrentar al enfermo a la disyuntiva del sufrimiento o la eutanasia. Una sociedad desarrollada debería de garantizar una inversión en cuidados paliativos.

Laureano Trillo habló desde su perspectiva médica. Cierto es que los avances científicos pueden abrir nuevos campos a la salud y a la conservación de la vida. El trabajo en el diagnóstico precoz de enfermedades parece que da prestigio, poder e influencias.

La ingeniería genética es un campo en el que los progresos, de momento, se limitan prácticamente a los diagnósticos. También es cierto que esas investigaciones focalizan grandes sumas de dinero a pesar de sus resultados escasos.
De todas formas lo que cala en la sociedad es el surgimiento de la creencia de los padres tiene derecho a tener un hijo normal y por lo tanto a la intolerancia a las deficiencias o discapacidades y esto hasta tal punto que los padres se considerar con derecho a, una vez nacido el niño, examinarlo y si no es “válido” aplicarle la eutanasia, como empieza a suceder en Holanda.
De nuevo la sociedad “pretendidamente liberal y progresista” de occidente se enfrenta a la paradoja de intentar por un lado dotarse de una normativa legal en la que los minusválidos tienen también sus derechos y por el otro a negárseles el primer derecho, el derecho a la vida.
La Asociación de Paralíticos Cerebrales francesa se ha planteado cuestiones muy interesantes al respecto. Por ejemplo el concepto de error médico. Así un niño que nace sin que el médico haya informado de alguna discapacidad a los padres estaría comprendido dentro de este “error médico”. Por lo tanto el médico sería demandado por dicho error y ese niño estaría sujeto a su posible eliminación. (¿Se le podría considerar persona?)
El bebé medicamento parece merecer la alabanza de una conducta altruista: se propone crear un nuevo ser capaz de salvar la vida de un semejante, normalmente su hermano. Laureano Trillo explicó todas las deficiencias de las técnicas de laboratorio que hacen muchas veces muy difícil llevar a la práctica el protocolo. De nuevo se nos pretende enfrentar al dilema de todo o nada: o se aprueba la investigación biogenética del bebé medicamento o se desampara a esta o aquella familia.
Pues hay alternativas mucho más reales y éticamente correctas. Como por ejemplo los bancos de cordón umbilical. Los EEUU parecen tener ya cubiertas todas las necesidades de su población con los bancos existentes.

Tras las exposiciones, Fernando Rey hizo un breve resumen de los puntos más importantes de las intervenciones y a continuación el público comenzó una ronda de preguntas.
El sobrino de Atilano Nicolás