Monday, May 07, 2007

Multiculturalismo: mucho donde elegir

Multiculturalismo: convivencia de culturas diferentes en un mismo espacio geográfico.
Esa convivencia puede entenderse como coexistencia, sin interferencia (ni problemas, ni influencias recíprocas). Una especie de apartheid ideológico pactado entre las distintas comunidades culturales. No deja de ser una entelequia, pero concedamos que pueda existir.
Un caso más o menos cercano sería el enquistamiento de la minoría gitana en nuestra sociedad. Me gustaría poder decir que mis alumnos gitanos progresan “tan adecuadamente” como sus compañeros; pero tengo que convenir en que el absentismo entre este grupo es mayor que en el resto, incluidos los numerosos extranjeros provenientes de los cuatro continentes. También los alemanes y franceses parecen tener problemas con la integración de sus respectivas comunidades de turcos y norteafricanos, quienes se sitúan en un voluntario apartheid social.
La otra opción, con la que a diario nos tropezamos, es la interrelación, el intercambio de ideas y de modos de ver la vida: de sabores y alimentos -de modos de cocinarlos-, de lenguas (spanglish...), de modas en el vestir y en el maquillaje, de celebraciones y modos de divertirse (Hemingway en los sanfermines, japoneses que tocan o bailan flamenco…), descubrimientos científicos (la dinamita china, los transplantes de corazón del Dr. Barnard en Sudáfrica…), hitos culturales, creencias religiosas y supersticiones…
Esta interrelación o intercambio puede ser querido o impuesto. Si dos culturas que conviven en un mismo territorio deciden intercambiar sus experiencias porque les resulta conveniente o pueden beneficiarse ambas del trueque, no tiene por qué verse alterada la paz o la convivencia armoniosa.
Sólo si existe imposición, y por tanto injusticia, crecerá la semilla de la discordia y del odio.
El paso previo al trueque es el conocimiento y la valoración mutua. Conocerse quiere decir eso mismo: saber que piensa el otro, la otra comunidad y por qué: sus razones últimas que le mueven a hacer las elecciones. Conocer y evaluar la conveniencia de las tradiciones para el propio individuo y para la comunidad. Si lo tuyo es mejor y me reporta un mayor beneficio personal y social, sin duda, cambiaré mi estilo de vida. No porque tú me lo impongas: será porque lo considero mejor o más acertado.
La misión de los que dirigen o rigen la vida y los destinos de los pueblos debería procurar ese conocimiento mutuo y limitarse a arbitrar un conjuntó básico de normas respetuosas con la libertad de elección personal en el campo de las ideas y en el campo de las tradiciones. Así cuando un ciudadano comprendiese que tal o cual partido se ajusta más a su ideario, sería libre de asociarse o de votarlo; e igualmente en lo que respecta a una concepción filosófica o en cuanto a las creencias religiosas.
En teoría, esta posibilidad de adhesión conllevaría una mejora de los partidos, de los grupos culturales o escuelas filosóficas, de los equipos científicos o de las comunidades creyentes. Querrían presentarse como los mejores y los que mayores beneficios reportan al individuo y a la comunidad. La libre competencia.
Limitar a un individuo a un apartheid, sea del tipo que sea, mediante una imposición sobre su pertenencia o mediante una restricción para su abandono, supondría conculcar la libertad personal de elección, y por lo tanto, la imposición o la restricción no tendrían cabida en una sociedad democrática y libre como la que pretendemos construir.
Así pues, el que rige los destinos de la comunidad, el legislador, haría bien en procurar normas que favoreciesen la libertad de elección del individuo. Y por supuesto, que favoreciesen el intercambio de los bagajes culturales.
No hay duda de que la educación, en todos sus estamentos, es el lugar adecuado para ese conocimiento. Los alumnos de cualquier cultura se sientan al lado de los otros en una situación de igualdad, por lo menos a priori. Todos son iguales y a todos se les ofrece el don de la sabiduría por igual. Sería el momento idóneo para hablar, para intercambiar sus ideas más profundas. Y por qué no; para tratar de convencer a los otros de la importancia de lo propio. Convencer no es imponer. Convencer es utilizar el don de la inteligencia para reflexionar personalmente y transmitir lo mejor de nuestro pensamiento a los demás. Puede ser un acto de servicio siempre que el que nos escucha tenga la libertad de aceptar lo que le decimos, de rechazarlo, o bien, la habilidad de rebatirlo. No hay que tener miedo al diálogo porque de la discusión sale la luz. Al final, todos somos capaces que de elegir lo que juzgamos mejor o más conveniente.
Hay quienes piensan que multiculturalismo es sinónimos de la suma total de todas las culturas en una cultura universal. Desgraciadamente el ser humano es muy limitado. Puede hablar varias lenguas, pero no todas. Puede tener unos conocimientos muy profundos en una materia, pero no dominar todas… En fin. En cuanto a las culturas sucede algo parecido. Bien está compartir experiencias culinarias, manifestaciones folclóricas o producciones literarias. Pero en cuanto a modos de ver la vida no podemos ejercer de “todo”. La libertad de elección conlleva la otra cara: el que elige descarta las otras posibilidades. El mundo nuestro que padece la histeria relativista quizás se olvida de este aspecto. Se elige porque se juzga lo más adecuado o mejor: lo más conveniente. Y no pasa nada. Tenemos todo el derecho a equivocarnos: aunque ya procuraremos no hacerlo, por la cuenta que nos tiene.
El sobrino de Atilano Nicolás

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