Procesión del EncuentroLlegué con Nicolás hasta la Plaza de Santa Cruz. Serían las ocho de la tarde. La plaza se encontraba dividida por las típicas vallas amarillas que acotan el paso de las procesiones. Ya había bastante gente en los ángulos próximos a la entrada del palacio, sede del Gobierno de la Universidad. Pensamos que la procesión no tardaría en llegar y como mi primo Nicolás no había visto ninguna en esta ciudad, decidimos quedarnos nosotros también. Dos señoras, a nuestro lado, se quejaban de las injusticias que permiten las leyes actuales:
- “Mi hija lleva dos años a la espera de un niño. Tiene 46 años. No es justo tener que pagar un montón de dinero para conseguir traer a una chinita y que aquí se tiraran 92.000 bebés a la basura, sólo el año pasado”
Otra señora preguntó si se sabía el porcentaje de adolescentes que había entre esos 92.000 casos de abortos:
- “Es un problema de educación en la familia. Ahora, las mujeres tienen que trabajar y los hijos se convierten en niños “ping-pong” –de la casa de la abuela a la propia en el mejor de los casos-. Y luego, el fin de semana les consentimos todo para compensarles.”
Suenan las cornetas calle Librería abajo. Parece que la Virgen de las Angustias se aproxima. Del otro lado se escuchan los tambores que avanzan desde el Santuario.
Poco a poco, la Madre Santísima, representación del dolor inmenso de toda madre que pierde a su hijo –siempre único porque cada hijo lo es para la madre-, nos muestra su corazón traspasado por afilados aceros. De frente, el Hijo, “varón de dolores, humillado bajo el peso de la cruz”.
El sacerdote hace una enumeración de las maldades que el hombre comete o de las omisiones igualmente graves. Y nombra nuestros pecados que son ofensas al Padre porque lo son a nuestros hermanos los hombres: crímenes, robos, abandonos o menoscabos de las atenciones que debemos a los hombres necesitados, a los enfermos, a los ancianos…
Yo pienso en las madres -que no han llegado a serlo- de esos 92.000 niños. Cuánto dolor habrán sentido para decidir la muerte de sus propios hijos.
Las imágenes de la Madre Santísima y del Hijo con la cruz a cuestas marchan ahora paralelas durante unos metros.
Desde la posición que ocupamos, Nicolás y yo, vemos perfectamente a la Señora. El rostro del Nazareno aparece entre las dos figuras de los soldados y entonces Nicolás susurra:
- “Creo que ahora lo entiendo. Las palabras “se humilló y cargó con nuestros pecados”. Como cuando éramos mozos y Santiago Chisquero siempre cargaba voluntariamente con la culpa –la tuviera o no- y cumplía los castigos de todas las que armábamos. Lo hacía para demostrar que era nuestro amigo, más amigo que ninguno”.
A mí, lo que me conmueve es el dolor que debió de sentir el Hijo al ver el sufrimiento inmenso que causaba a su Santísima Madre.
El sobrino de Atilano Nicolás

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