En julio de 2005, el periodista científico William Fletan escribía en la revista Slate un artículo titulado Fábrica de órganos: la recolección de embriones humanos, donde decía que, dada la actual aceptación de la destrucción de embriones, no hay razón para limitarla al embrión temprano. Y citaba varios estudios que afirmaban que lo que en realidad quieren los investigadores son embriones de siete semanas. Pero tranquilos: “No hay que asustarse. No es necesario desarrollar clones adultos: un embrión clonado de seis o siete semanas bastaría para disponer de muchos de los tejidos que usted necesita. Ya admitimos las células de embriones humanos clonados en las primeras dos semanas. ¿Por qué detenernos aquí?”[1]El filósofo de la Universidad de Princeton Robert P. George se encargó de contestar al artículo de Saletan. Bajo el título Atracción fetal: lo que quieren en realidad los científicos de las células madre y en las páginas the The Weekly Standard, George alertaba de que la investigación en células madre embrionarias estaba derivando hacia macabras granjas fetales. Recordaba que las células madre embrionarias en el estado de blastocitos son terapéuticamente inutilizables debido a su tendencia a producir tumores cuando se inyectan en las personas. “Las promesas de que curarán todo tipo de males son mera promoción publicitaria desorbitada. La propia naturaleza estabiliza las células madre en los procesos normales de gestación, eliminando el problema de la formación tumoral mediante un complejo sistema de señalización intercelular que no sabemos cómo replicar”.
George añadía que estas limitaciones conducirán a que algunos científicos reclamen el derecho a crear clones humanos y a gestarlos en mujeres voluntarias o úteros artificiales hasta el último estado embrionario o incluso al estado fetal antes de sacrificarlos para extraer células madre que no formen tumores: “Mis sospechas se han reforzado cuando mi Estado de New Jersey ha aprobado un proyecto de ley que autoriza la clonación humana para, entre otros propósitos, extraer tejido fetal cadavérico. Un cadáver, por supuesto, es un cuerpo muerto. Los cuerpos en cuestión son los de fetos clonados como fuentes de tejido y órganos. Lo que el proyecto de ley prevé, en otras palabras, es la granja fetal”.
Y en Missouri se debate otro proyecto para legalizar la clonación embrionaria humana –siempre que el embrión clonado no sea transferido a un útero femenino- con fines investigadores y terapéuticos. Si se perfecciona la tecnología de los úteros artificiales, los embriones clonados podrían cultivarse no sólo para obtener células madre, sino para desarrollar células e incluso órganos. Es lo que parece que persiguen los científicos de Ucrania. ¿Qué garantías tenemos de que tarde o temprano no se intentará lo mismo aquí?
Ryan T. Anderson, director adjunto del Programa de Bioética del Instituto Witherspoon de Princeton. Nueva Jersey.
[1] Diario médico, 4 de enero de 2007, página 2

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