Sunday, December 24, 2006

Feliz Navidad


Para poder estar alegres, para poder experimentar el profundo regocijo de la Navidad, es necesario descomplicar nuestro pensamiento. Es necesario intentar ver la vida con la frescura de la mirada de un niño. La gente que se considera demasiado inteligente -y que seguramente lo es- para intentar esta reducción de los grandes planteamientos del enfoque de la vida y del mundo, de su vida y de su mundo, a través de la sencillez y de la simplicidad, no sabe lo que se pierde. Si lo supiera, abandonaría su postura engolada, engreída, y cantaría un villancico al Niño Dios. Ese es el milagro que pido para mí y para los míos: la sencillez de corazón. Y también lo pido para ti y para todos aquellos que me leen habitualmente. Un abrazo.

Saturday, December 16, 2006

Cómo sobrevivir a un infarto



El infarto es una obstrucción de las arterias que suministran el oxígeno transportado por la sangre hasta las células del músculo. Porque el corazón es un músculo que al contraerse impulsa la sangre con una fuerza tal capaz de recorrer todo nuestro cuerpo.
El exceso de grasa puede taponar las arterias –placas de ateroma- y entonces, la falta de oxígeno produce ese calambre fuerte que se concentra en el centro del pecho y que puede irradiarse por los antebrazos. Aunque a veces, el dolor no se deja sentir o es menor: infarto silente.
Una aspirina puede ser la medida más rápida y cercana pero hay que acudir rápidamente al médico. A veces un electrocardiograma puede no reflejar la alteración; sin embargo existe la posibilidad de asegurarse mediante un análisis de sangre que tan sólo precisa un cuarto de hora más o menos. Un corazón infartado carece del suficiente suministro de oxígeno. Cuantos menos esfuerzos físicos realice, se favorecerá la estabilidad del que lo padece. Si obligamos a un corazón infartado a una actividad física, por pequeña que sea, lo estaremos sometiendo a un esfuerzo excesivo que podría generar una agitación, una arritmia o incluso una parada. La solución a un infarto que impida el suministro de oxígeno en un porcentaje importante del músculo del corazón, pasará probablemente por una intervención quirúrgica en la que se implantarán al paciente uno o varios bypass.
Todos los sufrimientos que el infarto inflige a aquellos que lo padecen se podrían evitar en gran parte si procurásemos prescindir del tabaco y del alcohol y además realizásemos una actividad física, un ejercicio físico que aumentase la circulación de la sangre en las venas y arterias y por lo tanto facilitase su buen estado interior. El alcohol, como los azúcares, se transforma en placas de grasa que circulan por la sangre y se pega a las venas y arterias creando poco a poco obstrucciones. El tabaco, pone en circulación, a través de la sangre gases y alquitranes producto de la combustión en lugar del oxígeno que necesitan las células. La falta de actividad física facilita que las placas de colesterol –ateroma- se instalen en las paredes interiores de las arterias. Estos mismos procesos se pueden producir en los vasos que riegan el cerebro y producir lesiones cerebrales.
Deberíamos reflexionar un poco en las consecuencias tan dolorosas para el enfermo y para su entorno familiar. Quizás entonces no encenderíamos el siguiente cigarrillo o no pagaríamos la siguiente ronda en la barra del bar. O bien quizás nos plateásemos formar parte de un grupo de amigos-amigas que se proponen la práctica de un deporte en común: un partido de tenis, fútbol, una caminata, etc...
El sobrino de Atilano Nicolás
http://www.tuotromedico.com/temas/infarto.htm

Wednesday, December 13, 2006

Yo también viajé a Turquía

Fue un viaje relámpago, casi como el de Benedicto XVI. Un viaje de estudios, con alumnos. Nos reunimos en Ankara profesores y alumnos de 10 institutos de diferentes países de Europa para elaborar un trabajo sobre cómo veíamos el proceso de ingreso de Turquía en la EU.
Los profesores y alumnos turcos fueron amabilísimos con nosotros. Las autoridades turcas que nos recibieron también. Pudimos comprobar la realidad cotidiana de este joven país que presenta ante Europa, como un punto a favor, una población infantil muy numerosa capaz de compensar al falta de hijos en la vieja Europa. Un país que invierte en educación porque quiere que sus jóvenes puedan competir con el resto de jóvenes europeos, para ocupar los mejores puestos de trabajo. Y lo conseguirán porque allí no hay absentismo escolar; no hay indisciplina porque los padres enseñan a sus hijos que sin cultura, sin estudios, tendrán muy pocas posibilidades. Se invierte en la enseñanza de la lengua propia y en la enseñanza del inglés y del francés fundamentalmente como vehículo de comunicación con los otros europeos. Y cuando digo que se invierte en la enseñanza de lenguas, al igual que lo hacen otros países del este de Europa, quiero decir que el niño tiene una distribución horaria en la que la lengua materna ocupa prácticamente la mitad del tiempo y la enseñanza del inglés cinco horas semanales además de recibir otras materias en inglés (conocimiento del medio, plástica o educación física).
Turquía es un país que se define como república parlamentaria laica. Esto, que suena muy moderno, merece alguna aclaración. En la reunión que mantuvimos con el miembro del parlamento turco que trabaja directamente para el ingreso de Turquía en la EU, la conversación y las preguntas de los alumnos tocaron, inevitablemente, este tema. El parlamentario aseguró que es un país laico; que respetan a los pocos representantes que existen de otras confesiones religiosas (católicos, ortodoxos, protestantes, judíos...) aunque todos ellos tan sólo constituyan un 1% de los 70 millones de turcos que habitan el país. Entonces le preguntamos cómo se garantizaba en Turquía la asistencia sanitaria pública, la educación gratuita, la asistencia a las personas incapacitadas... La respuesta no resultó nada laica: los musulmanes consideramos una obligación moral asistir a los pobres, a los necesitados y por lo tanto reservamos una parte de nuestro salario, que entregamos voluntariamente, para cubrir estas necesidades. Una manera de proceder en la que un criterio moral y religioso subsana unos servicios públicos sufragados con dinero público en Europa.
Pero lo más sorprendente de todo el viaje, lo realmente asombroso, fueron las visitas culturales. Visitamos, como hizo Benedicto XVI, el mausoleo de Atatürk, padre de la nación turca, y el museo donde se exhiben sus pertenencias personales. Y viajamos hasta el corazón de Turquía, la región de Capadocia.
Capadocia es la región montañosa del centro de la península de Anatolia. Sus habitantes fueron cristianos hasta el siglo VII, cuando llegaron los musulmanes árabes en su afán por extender su fe mediante la guerra santa. Los cristianos construyeron galerías subterráneas para refugiarse de los guerreros musulmanes. Existen pueblos excavados hasta 40 metros por debajo del nivel del terreno, con graneros y toda clase de habitaciones para uso colectivo, canales de ventilación y de agua). También existen iglesias, multitud de iglesias excavadas en las rocas volcánicas de las montañas. Todas decoradas con frescos como los que aquí, en Europa, adornan las iglesias, contemporáneas de las iglesias cristianas turcas anteriores a la llegada de los árabes musulmanes.
Y me sorprendí contestando a las preguntas de los alumnos turcos sobre los personajes del Antiguo y del Nuevo Testamente, recogidos en los frescos de las paredes y techos. Querían saber quiénes eran y por qué aparecían en las escenas. Y eran los frescos de las iglesias de su propio país.
Entiendo perfectamente el párrafo final del documento que recoge las impresiones de Benedicto XVI sobre su viaje a Turquía:
He vuelto lleno de gratitud y afecto por los habitantes de aquella amada nación, así como por todos los musulmanes y la civilización islámica. Que Dios omnipotente y misericordioso ayude al pueblo turco, a sus gobernantes y representantes de las diversas religiones, a construir un futuro de paz, para que Turquía pueda ser un puente de amistad y colaboración fraterna entre Occidente y Oriente.[1]
El sobrino de Atilano Nicolás
[1] www.zenit.org www.zenit.org/spanish/visualizza.phtml?sid=99442

Tuesday, December 12, 2006

Embriones humanos ¿esclavos?

Debido al hecho que en América los colonizadores no consiguieron utilizar a los indígenas como fuerza de trabajo en volumen y condiciones deseadas, recurren a los esclavos importados desde África. Alrededor del año 1550, comienza este tráfico de esclavos del continente africano a América y a partir de 1720 a las islas despobladas del Océano Índico. Con el tráfico de esclavos, el hombre pasa a ser un objeto de cambio, una mercancía y una máquina de trabajo, en lugar del buey o del arado.[1]
El hecho es que los holandeses, al finalizar el siglo XVIII habían vendido a 10 millones de africanos de raza negra, como esclavos a los cultivadores de los terratenientes de los Estados Americanos del sur (las dos Carolinas, Virginia, Georgia, Louisiana…) Pero no fueron los únicos.
A partir de 1830, los árabes fueron los principales traficantes de esclavos. Muchas embarcaciones árabes, desde diferentes puertos del norte de Mozambique acarreaban gran número de esclavos para las islas Comores y Madagascar. A mediados del Siglo XIX, estos traficantes cambian tejidos por esclavos. La isla de Ibo paso a ser frecuentada por los árabes de Zanzibar, Kilwa, Mombaza y sobre todo por los de las islas Comores.[2]
La historia de la esclavitud del hombre a manos del hombre es tan larga como la propia historia del hombre. La cuestión que me plateo es ¿hasta qué punto los traficantes de hombres de la antigüedad y los traficantes del hombre de nuestros días son conscientes de la tragedia que imponen a seres semejantes a ellos, tan sólo por un desmedido afán de enriquecimiento?
¿Se plantean, los traficantes de seres humanos algún tipo de problema de conciencia? ¿Se lo han planteado alguna vez?
La historia nos dice que sí. Por ejemplo, cuando los españoles llegaron a América y tomaron posesión de aquellas tierras en nombre de la corona de España, se encontraron en la disyuntiva de utilizar a los indígenas como fuerza de trabajo en aquellas tierras. No podían viajar todos cuantos quisieran para trabajar allí. Y los que llegaban de la península eran, a todas luces, insuficientes. Entonces surgieron las primeras voces críticas, naturalmente de los representantes de la Iglesia Católica. Fray Bartolomé de las Casas[3] defendió ante Felipe II la naturaleza humana y por lo tanto la dignidad humana de los aborígenes americanos. Aquello quería decir que no podían ser esclavizadas porque tenían alma humana y podían ser bautizados y ser considerados, por lo tanto, hermanos de los españoles. La defensa de Fray Bartolomé de las Casas resultó contundente y los americanos se vieron libres de la esclavitud, al menos de acuerdo a la ley. Lo cual no quiere decir que entre los españoles que allí desarrollaban su labor de gobernadores no se cometiesen abusos a nivel particular, muy difíciles de controlar a tan gran distancia de la corte de Madrid.
En la literatura también se encuentran numerosos ejemplos en los que el o la escritora reflexiona sobre la injusticia de la esclavitud. Todos recordamos títulos como La cabaña del tío Tom, dentro de los Estados Unidos. Hoy día se escriben novelas en las que aparecen esos resquemores de conciencia entre los beneficiarios del comercio de esclavos. Recientemente he leído La joven de azul jacinto, finalista del premio Book Sense, otorgado por los libreros independientes de Estados Unidos en 1999. En uno de los capítulos que conforman el libro, su autora, Susan Vreeland, nos presenta a la esposa de uno de esos mercaderes de esclavos holandeses. Esa mujer acoge en su casa a una huérfana e invierte cuantiosas sumas de dinero en comprar obras de arte, como medio para recuperar su autoestima, dañada por la condición del trabajo de su marido. Se siente realmente mal y juzga que ante Dios nunca podrá rehabilitarse, pero sí ante los hombres.
Ahora le voy a pedir al paciente lector que me permita realizar un salto desde esta situación de injusticia contra el ser humano en virtud de una diferencia de raza, un apariencia física a la situación actual en la que se trata al ser humano como “cosa” con la que se puede traficar en virtud de una diferencia de tamaño o de edad.
Estoy hablando de la investigación con embriones. Hay gente que piensa que un embrión es una célula humana, como lo sería un glóbulo rojo de la sangre o cualquier otra célula del cuerpo humano.
Al lector que piense así le pido un momento para hacerse la siguiente pregunta. ¿Puede, en algún momento, cualquier tipo de célula humana, tras multiplicarse hasta el infinito ser otra cosa que un trozo de tejido útil para un cuerpo humano? Sin embargo, un embrión, si se le permite crecer y multiplicarse ¿qué nos encontraríamos, tan sólo nueve meses después? Todos hemos sido embriones.
Podemos disfrazar la manipulación de los embriones humanos del color que queremos para hacerla pasar por algo noble. Por ejemplo, podemos decir que se trata de buscar la salud para un enfermo o la salvación de la humanidad. Lo que queramos.
También los traficantes de esclavos tenían sus justificaciones sociales, tales como que ayudaban al desarrollo de un país, producían más alimentos que saciarían el hambre de los necesitados…
En el fondo, sospecho que subyace una razón simplemente monetaria. La investigación con embriones humanos es un catalizador de subvenciones públicas y de capitales privados cuya cuantía no alcanza a entender el público. Dineros que se escapan al control de la Hacienda Pública en muchas ocasiones y que quizás, algún día, se constituyan en tema de investigación fiscal o judicial como ocurre hoy día con el blanqueo del dinero en el sector inmobiliario.
No exagero nada. No hace mucho que la prensa se escandalizaba con el asesinato de bebés en a clínica abortista EMC de Barcelona. Su director, el doctor (¿?) Carlos Morín administraba la muerte previo pago de 4.000 € sin importar ni el motivo ni el momento en el que se encontraba el embarazo. Un dinero, que al ser clandestino, no pagaba IVA.
No es justo tratar de tapar la boca, a quienes defienden la dignidad del hombre –sea blanco o negro; sea embrión, recién nacido o anciano- atribuyéndoles la condición de anticuados, incultos o contrarios a las mejoras que la ciencia puede aportar al hombre.
No es justo y no se corresponde con la verdad. Defender la dignidad del hombre es poner por encima de la ciencia, y de los intereses económicos, al hombre. No nos dejemos engañar.
El sobrino de Atilano Nicolás
[1] http://www.monografias.com/trabajos6/escla/escla.shtml
[2] http://www.monografias.com/trabajos6/escla/escla.shtml
[3] http://www.ciudadseva.com/textos/otros/brevisi.htm