Debido al hecho que en América los colonizadores no consiguieron utilizar a los indígenas como fuerza de trabajo en volumen y condiciones deseadas, recurren a los esclavos importados desde África. Alrededor del año 1550, comienza este tráfico de esclavos del continente africano a América y a partir de 1720 a las islas despobladas del Océano Índico. Con el tráfico de esclavos, el hombre pasa a ser un objeto de cambio, una mercancía y una máquina de trabajo, en lugar del buey o del arado.
[1]El hecho es que los holandeses, al finalizar el siglo XVIII habían vendido a 10 millones de africanos de raza negra, como esclavos a los cultivadores de los terratenientes de los Estados Americanos del sur (las dos Carolinas, Virginia, Georgia, Louisiana…) Pero no fueron los únicos.
A partir de 1830, los árabes fueron los principales traficantes de esclavos. Muchas embarcaciones árabes, desde diferentes puertos del norte de Mozambique acarreaban gran número de esclavos para las islas Comores y Madagascar. A mediados del Siglo XIX, estos traficantes cambian tejidos por esclavos. La isla de Ibo paso a ser frecuentada por los árabes de Zanzibar, Kilwa, Mombaza y sobre todo por los de las islas Comores.
[2]La historia de la esclavitud del hombre a manos del hombre es tan larga como la propia historia del hombre. La cuestión que me plateo es ¿hasta qué punto los traficantes de hombres de la antigüedad y los traficantes del hombre de nuestros días son conscientes de la tragedia que imponen a seres semejantes a ellos, tan sólo por un desmedido afán de enriquecimiento?
¿Se plantean, los traficantes de seres humanos algún tipo de problema de conciencia? ¿Se lo han planteado alguna vez?
La historia nos dice que sí. Por ejemplo, cuando los españoles llegaron a América y tomaron posesión de aquellas tierras en nombre de la corona de España, se encontraron en la disyuntiva de utilizar a los indígenas como fuerza de trabajo en aquellas tierras. No podían viajar todos cuantos quisieran para trabajar allí. Y los que llegaban de la península eran, a todas luces, insuficientes. Entonces surgieron las primeras voces críticas, naturalmente de los representantes de la Iglesia Católica. Fray Bartolomé de las Casas
[3] defendió ante Felipe II la naturaleza humana y por lo tanto la dignidad humana de los aborígenes americanos. Aquello quería decir que no podían ser esclavizadas porque tenían alma humana y podían ser bautizados y ser considerados, por lo tanto, hermanos de los españoles. La defensa de Fray Bartolomé de las Casas resultó contundente y los americanos se vieron libres de la esclavitud, al menos de acuerdo a la ley. Lo cual no quiere decir que entre los españoles que allí desarrollaban su labor de gobernadores no se cometiesen abusos a nivel particular, muy difíciles de controlar a tan gran distancia de la corte de Madrid.
En la literatura también se encuentran numerosos ejemplos en los que el o la escritora reflexiona sobre la injusticia de la esclavitud. Todos recordamos títulos como
La cabaña del tío Tom, dentro de los Estados Unidos. Hoy día se escriben novelas en las que aparecen esos resquemores de conciencia entre los beneficiarios del comercio de esclavos. Recientemente he leído
La joven de azul jacinto, finalista del premio Book Sense, otorgado por los libreros independientes de Estados Unidos en 1999. En uno de los capítulos que conforman el libro, su autora, Susan Vreeland, nos presenta a la esposa de uno de esos mercaderes de esclavos holandeses. Esa mujer acoge en su casa a una huérfana e invierte cuantiosas sumas de dinero en comprar obras de arte, como medio para recuperar su autoestima, dañada por la condición del trabajo de su marido. Se siente realmente mal y juzga que ante Dios nunca podrá rehabilitarse, pero sí ante los hombres.
Ahora le voy a pedir al paciente lector que me permita realizar un salto desde esta situación de injusticia contra el ser humano en virtud de una diferencia de raza, un apariencia física a la situación actual en la que se trata al ser humano como “cosa” con la que se puede traficar en virtud de una diferencia de tamaño o de edad.
Estoy hablando de la investigación con embriones. Hay gente que piensa que un embrión es una célula humana, como lo sería un glóbulo rojo de la sangre o cualquier otra célula del cuerpo humano.
Al lector que piense así le pido un momento para hacerse la siguiente pregunta. ¿Puede, en algún momento, cualquier tipo de célula humana, tras multiplicarse hasta el infinito ser otra cosa que un trozo de tejido útil para un cuerpo humano? Sin embargo, un embrión, si se le permite crecer y multiplicarse ¿qué nos encontraríamos, tan sólo nueve meses después? Todos hemos sido embriones.
Podemos disfrazar la manipulación de los embriones humanos del color que queremos para hacerla pasar por algo noble. Por ejemplo, podemos decir que se trata de buscar la salud para un enfermo o la salvación de la humanidad. Lo que queramos.
También los traficantes de esclavos tenían sus justificaciones sociales, tales como que ayudaban al desarrollo de un país, producían más alimentos que saciarían el hambre de los necesitados…
En el fondo, sospecho que subyace una razón simplemente monetaria. La investigación con embriones humanos es un catalizador de subvenciones públicas y de capitales privados cuya cuantía no alcanza a entender el público. Dineros que se escapan al control de la Hacienda Pública en muchas ocasiones y que quizás, algún día, se constituyan en tema de investigación fiscal o judicial como ocurre hoy día con el blanqueo del dinero en el sector inmobiliario.
No exagero nada. No hace mucho que la prensa se escandalizaba con el asesinato de bebés en a clínica abortista EMC de Barcelona. Su director, el doctor (¿?) Carlos Morín administraba la muerte previo pago de 4.000 € sin importar ni el motivo ni el momento en el que se encontraba el embarazo. Un dinero, que al ser clandestino, no pagaba IVA.
No es justo tratar de tapar la boca, a quienes defienden la dignidad del hombre –sea blanco o negro; sea embrión, recién nacido o anciano- atribuyéndoles la condición de anticuados, incultos o contrarios a las mejoras que la ciencia puede aportar al hombre.
No es justo y no se corresponde con la verdad. Defender la dignidad del hombre es poner por encima de la ciencia, y de los intereses económicos, al hombre. No nos dejemos engañar.
El sobrino de Atilano Nicolás
[1] http://www.monografias.com/trabajos6/escla/escla.shtml
[2] http://www.monografias.com/trabajos6/escla/escla.shtml
[3] http://www.ciudadseva.com/textos/otros/brevisi.htm