Monday, November 27, 2006

Foro Internacional de Ciudadanía Europea en Valladolid


La Junta de Castilla y León convocó a 50 alumnos y 15 profesores de distintos centros, públicos y privados, para celebrar un Foro Internacional sobre la Ciudadanía Europea, en la sala Fray Pío del Monasterio del Prado, en Valladolid.
Cualquier disculpa es buena para sentarnos a considerar el alcance de la palabra “ciudadanía”.
El programa comenzó con la inauguración del Foro por el Excmo. Señor consejero de Educación de la Junta de Castilla y León. Tomaron la palabra distintas personalidades de alcance mediático así como el francés Fabrice Lachenmaier, Presidente del Moviendo Europeo de los Alpes Marítimos en Francia, la profesora de la Universidad Veliko Tarnovo, en Bulgaria, el profesor Carlos Villalón de la Universidad de Chile y el profesor D. Javier Valle de la Universidad Autónoma de Madrid.
Los 50 alumnos y los 15 profesores escucharon desde las 9:30 de la mañana hasta las19:30 de la tarde las opiniones de los ponentes e intervinieron pidiendo aclaraciones.
Como es imposible resumir las aportaciones en el breve espacio de este comentario, me limitaré a resumir el discurso del profesor D. Javier Valle por ser el más aplaudido por alumnos y profesores.
Se planteaba el profesor Valle el origen histórico del concepto ciudadanía y recurrió para ello a la sociedad griega del siglo VI a.C. El significado, entonces, atribuía a cada ciudadano (hombre) igual poder político de decisión que a su vecino. Ese concepto, no alcanzaba a la mujer ni a los esclavos. Hasta llegar a nuestros días, la lucha por alcanzar el derecho a la ciudadanía viene señalada por numerosos hitos.
Pero ¿es un derecho natural del hombre, algo que corresponda a la dignidad humana?
Cabría que profundizar en la significación de “dignidad humana” como el trato que se corresponde a la naturaleza, a las necesidades del ser humano, que son distintas a las necesidades y a la naturaleza de otros seres como los animales, las plantas o las cosas. Tratar con dignidad a los animales supone respetar su alimento y el entorno en el que es posible su vida. Tratar con dignidad a un ser humano supone facilitarle todo lo necesario para que alcance la vida, la mantenga y pueda alcanzar la madurez. Un animal tiene necesidades distintas a las que tiene una planta o una cosa. Y el ser humano tiene también sus necesidades propias de su condición humana. El ser humano es un ser gregario que nace con muchísima dependencia de sus padres y que necesita de la colectividad para alcanzar la madurez en un grado muchísimo más importante que cualquier otro ser animal o vegetal.
El ser humano tiene, al igual que los animales y las plantas, necesidades materiales, como la comida, y otras necesidades de tipo intelectual, ético, de creencias, propias de su inteligencia superior.
Explicar el concepto de ciudadanía supone presentar a los alumnos todos estos conceptos antropológicos como base para la propuesta de unas actitudes ciudadanas:
- el ciudadano debe tomar conciencia de su propia dignidad y de las necesidades que se deben atender para potenciar su completo desarrollo: educación, sanidad, derecho civil que proteja su primer entorno (familia), libertad de asociación, de creencias, de expresión…
- el ciudadano que es consciente de su dignidad deberá tomar parte de las decisiones políticas que puedan afectar a algún aspecto de su condición de ser humano mediante la expresión del poder democrático
- el ciudadano puede ejercitar su decisión democrática no sólo el día de la votación: la elección personal se ejercita a diario mediante la reflexión sobre la adecuación de cualquier opción, a su condición de ser humano y por tanto a su dignidad.
El profesor Valle puso varios ejemplos:
- el ciudadano que reflexiona sobre las decisiones de otros sobre cómo debe vestir, cómo debe divertirse, en qué debe gastar su dinero…
- cada vez que se recibe un mensaje “pásalo”, antes de reenviarlo…
- quien reflexiona sobre los contenidos de la televisión, sobre los que se adecuan a su dignidad y actúa en consecuencia…
Esta reflexión es ya una forma de vivir una ciudadanía activa que conlleva, a posteriori, la expresión de la voluntad consecuente en las urnas.
El sobrino de atilano Nicolás

Saturday, November 25, 2006

Bodas de sangre, de Lorca

“El Teatro del Aire”, financiado por Caja Laboral, puso en escena, en la Sala Borja de Valladolid, este clásico de Lorca, con la colaboración de Macarena López y Eva Rodríguez quienes ejecutaron una muy adecuada coreografía y números de baile que subrayaron los momentos más álgidos del drama –muerte a navajazos de ambos enamorados-.
Federico García Lorca supo poner la belleza de la poesía al drama que puede originar la pasión del amor entre hombre y mujer. Con gran acierto, veló con la sutileza del verbo la pasión más fuerte que puede darse, capaz de conmocionar las vidas de los implicados y las vidas de todos cuantos los rodean: la trama social.
Construida en un contexto en el que la virginidad de los contrayentes matiza el honor de la familia y el origen de nuevas vidas como sustento del entramado social y de la economía, exalta el valor de la entrega mutua, única y con exclusividad durante toda la vida, hasta el punto de que la infidelidad conlleva la lucha a muerte.
La violencia de la pasión como sentimiento capaz de unir a un hombre y a una mujer en una sola carne, de buscar el núcleo engendrador de nuevas vidas, exige, en la obra de Lorca y en la realidad de muchos contextos culturales, esa virginidad y esa fidelidad de ambos cónyuges e implica un código del honor refrendado con la sangre.
Hoy día, el hombre moderno prefiere verse liberado de compromisos tan fuertes –necesarios en una economía de estructura familiar-. No quiere oír hablar de compromisos que conlleven el sacrificio de la fidelidad. Trivializamos el valor de la virginidad con la finalidad de anular el código del honor y sus consecuencias. Creemos que un pacto social en el que quepa la unión y la separación del afecto entre hombre y mujer, y que deje esa unión supeditada a las exigencias de la correspondiente escena de la vida, nos garantiza una mayor felicidad.
La dignidad de la persona y su ejercicio se relega a las necesidades estrictamente personales tratando de olvidar los aspectos sociales, la ligazón que es antropológicamente necesaria y connatural al ser humano. El hombre moderno se constituye, se quiere constituir, como un ser que puede prescindir de la fuerza del amor, de la pasión del amor. Que puede ir contra su propia naturaleza en el ejercicio de su libertad. Que puede intentar volar, a todo “pecho”, sin las alas que la naturaleza no le ha concedido. Y así, en ese ejercicio libre de ir contra su propia naturaleza social, nos encontramos a un ser humano postmoderno tremendamente aislado, melancólico, deprimido y que se sucumbe a otras pasiones en el intento de alcanzar la pasión auténtica del amor.
Lorca escogió un final fuerte –la muerte- para su obra. Un final que resulta atrayente porque lleva en sí mismo el sello de lo auténtico, de lo que es propio a la naturaleza del hombre.
El Teatro del Aire, bajo la dirección de María de Padilla encontró el acierto en la interpretación. El trabajo de Lorena Fernández, La madre, y Eva Lago, La novia, encontraron apoyo en la interpretación que hicieron Pablo Rodríguez, Leonardo, y Miguel Balbás, El novio.
La escenografía, minimalista pero eficaz, contribuyó al mantenimiento del ritmo que quizás picó un poco de lento. Pero en conjunto se podría definir la interpretación como adecuada, capaz de transmitir al público asistente la fuerza de la pasión del amor.
El sobrino de Atilano Nicolás

Sentimientos en pentagramas

La Junta de Castilla y León, en su programa de conciertos “Otoño en clave” ha presentado en Valladolid a la joven orquesta francesa “Ensemble Matheus”, que interpretó Concierto para dos flautas en mi menor, TWV E1 -1724- de George Philipp Telemann, dos motetes de Antonio Vivaldi, primera parte del concierto y Stabat Mater de Pergolesi, segunda parte del concierto.
Todo el programa resultó del agrado del público que llenaba el Auditorio de la Feria de Muestras y que aplaudió hasta arrancar la repetición del dúo final de Stabat Mater.
Sandrine Piau, soprano, y Sara Mingardo, contralto, interpretaron los motetes de Vivaldi y el Stabat Mater de Pergolosi con tal acierto que el público aplaudió su interpretación en latín. Pudiera ser que parte del público no conociese el significado exacto de las frases cantadas en latín pero ello no fue obstáculo para que la emoción del sentimiento cantado traspasase la barrera idiomática y calase profundamente en el público.
Giovanni Pergolesi, formado en el Conservatorio de Nápoles, vivió tan solo 26 años (1710-1736). A pesar de su juventud, alcanzó el éxito con la ópera cómica La serva padrona, y fue nombrado director de un coro. Padeció de tuberculosis durante los dos últimos años de su vida. Stabat Mater fue compuesto precisamente durante su enfermedad. Stabat Mater utiliza la imagen de la Virgen María al pie de la Cruz, la madre que contempla el sufrimiento de su hijo, crucificado a mano de los hombres. Y ese dolor de la Virgen provoca en el compositor un arrepentimiento de sus pecados y un inmenso dolor.
Pergolesi expresa ese sentimiento doloroso a través de las dificultades que tiene que superar la voz de la soprano y de la contralto, quienes alternan sus correspondientes arias y se complementan, superponiendo sus esfuerzos en los dúos:
Dúo: “¿Qué hombre no lloraría/ si viera a la Madre de Cristo en tal suplicio?”
Aria soprano: “Vio a su dulce hijo/ vio a su dulce hijo/ moribundo, desolado,/ hasta exhalar el espíritu.”
Aria contralto: “Haz que me hieran sus heridas,/ embriagado por esa cruz/ y por el amor de tu Hijo”
Dúo: “Cuando muera mi cuerpo, haz que se conceda a mi alma,/ la gloria del paraíso”.
La pregunta que el público profano sin duda se hizo fue cuál era el estado anímico del autor de aquella composición que supo plasmar un sentimiento tan fuerte en el pentagrama. Porque no es posible crear ese dúo final suplicando la entrada en el paraíso sin desearlo con vehemencia.
Pergolesi[1] compuso asimismo gran cantidad de música religiosa, un concierto para violín y música de cámara. Las melodías de Pergolesi, bellas y de un claro fraseo, contribuyeron a crear el estilo preclásico. Tras su muerte a los 26 años, su música se hizo tan popular que los editores acabaron atribuyéndole muchas obras de otros compositores.
Triplete en aciertos: la elección de la obra, la elección de la orquesta y la interpretación que consiguió trasladar la intensidad de los sentimientos del compositor al público en otra lengua, 270 años más allá del momento de su composición.
El sobrino de Atilano Nicolás
[1]http://www.epdlp.com/compclasico.php?id=1089
Aquí se puede acceder a un fragmento de Stabat Mater

Sunday, November 19, 2006

Gracias a los clásicos


José Ramón Ayllón (Cantabria 1955). Conferenciante y escritor sobre temas que abordan la formación de adolescentes y la educación en valores. Ha sido finalista de los premios de ensayo Anagrama y Martínez Roca, con Desfile de modelos (Rialp) y La buena vida (Martínez Roca). Recientemente ha publicado Diez claves en la Educación (Styria). En Bruño ha publicado también Vigo es Vivaldi y Diario de Paula.

Hace siglos, muchos lectores de la nobleza -el doncel Sigüenza, entre otros- se hacían representar en sus tumbas de mármol o de bronce con un libro en las manos, sin duda con la ilusión de hacer la muerte más llevadera. Eran tiempos donde los libros eran escasos. Tan escasos que en las bibliotecas estaban atados con una gruesa cadena, reforzada con amenaza de excomunión para el que robara uno. Los libros eran tan valiosos que Bocaccio no dudó en entregar su caballo a cambio de uno de ellos, y un caballo era algo más que coche en aquel tiempo. Hoy las cosas han cambiado. Uno de los mejores humoristas europeos dibujaba, en una viñeta, a dos jóvenes hermanos –chico y chica- leyendo tranquilamente en un sofá de su casa. Así son sorprendidos por su padre, que les recrimina su actitud con estas palabras: “Parece mentira… Se os deja media hora solas y apagáis la tele y el ordenador, y os ponéis a leer… ¿Y queréis que confiemos en vosotros!”[1]
Con ironía, ese humorista se suma a una denuncia casi generalizada_ la marea audiovisual que nos invade está provocando, más que un cambio cultural, una auténtica mutación. Está transformando al homo sapiens, producto de la cultura escrita, en homo videns, infraeducado por la imagen. Si la palabra –escuchada o leída- transmite conceptos que nos ayudan a entender el mundo, la imagen solo se transmite a sí misma, y suele adormecer la capacidad de pensar y entender. Por eso padres y profesores se enfrentan hoy a un reto sin precedentes en la Historia: la educación de videoniños, de criaturas que pasan más tiempo en el mundo virtual de una pantalla que en el mundo real. Esta situación es alarmante y hace que la cultura escrita sea más necesaria que nunca.
El valor de los libros. No es inoportuno recordar que este país –como cualquier otro- necesita buenos lectores. Muchísima gente joven reconoce que apenas lee, y cuando lo hace es por obligación y con una inmensa desgana: “Ayer estaba tan aburrido –me decía un alumno- que hasta me puse a leer un libro”. Mi alumno no sabía que el libro es el instrumento de humanización que nos saca del estado de homo neandhertalensis en que todos nacemos. Tampoco sabía que un buen libro es la plenitud de esa humanización, y que lo necesitamos para pensar y sentir, para esclarecer la realidad y el laberinto del mundo. Porque lo cierto es que vivimos en un mundo con sobredosis de información y de mensajes contradictorios, donde a menudo “lo bello es feo y lo feo es bello”, como cantaban las rujas que engañaron a Macbeth. Con frecuencia –dice Tagore- leemos el mundo al revés y luego nos extrañamos de no entender nada. Necesitamos el libro –ha dicho un premio Cervantes- para vivir la verdadera vida, que está por encima de la ficción política. Para vivir libres de la preocupación de nosotros mismos. Para arrojar luz y placer en las mañanas del mundo que nos son concedidas.
Hay mucha verdad en estas palalbras, porque vivimos en unos tiempos muy politiados, muy ideologizados, en medio de ideas contradictorias, y toda esa complejidad necesita el orden y la claridad que puede aportar la lectura selecta.
Si las grandes ideas que configuran la realidad están en el ambiente de forma profusa, difusa y confusa, también están expresadas de forma clara y sencilla en buenos libros.
Los padres de Mafalda no necesitaron leer mucho para educar a una niña que lo quería saber todo. Vivían en un mundo sencillo de entender y de explicar, integrado por dos grandes bloques que ofrecían dos concepciones de la política, de la economía, del hombre y de la vida. Hoy, los padres y los profesores de Mafalda hubieran tenido que leer mucho –y hubieran tenido que recomendar a la niña algunos libros- para entender un complejísimo multiculturalismo donde reina el dogma del relativismo, con los mismos efectos de un SIDA intelectual y moral.
El valor de los clásicos. Me estoy refiriendo a buenos libros, a lecturas selectas, pues es evidente –como lamentaba Borges- que cada vez se publican más tonterías. Y estoy pensando, como es lógico, en los clásicos. ¿Qué es un clásico? Es el escritor que tiene un puesto entre los mejores, ganado por mayoría absoluta en la más democrática de las votaciones: la de todos los lectores de todos los siglos. Italo Calvino dice que un libro es clásico cuando lo estás leyendo y notas que el mundo que te rodea queda reducido a ruido de fondo. Tal vez durante días y semanas… ¿No nos ha pasado eso con Ulises y Penélope, o con Rodian Raskolnikof y Sonia, o con Gandalf y Frodo, con Platero, con Atticus Finch, con el rey Lear, con Calixto y Melibea, con Segismundo y don Quijote, con Harry potter?
Un clásico de la literatura es, en primer lugar, un virtuoso de la técnica: un escritor que ha manejado la pluma como Zidanne el balón de fútbol, como Michael Jordan el balón de basket, como Sampras la raqueta, como Cyrano la espada. Pero esta comparación no es del todo apropiada, porque un clásico es mucho más que un virtuoso del lenguaje: se puede ser muy brillante y no decir nada, hacer un alarde de verborrea, ser un perfecto charlatán. Para ser clásico no b asta el dominio perfecto de la palabra escrita. ¿Por qué? Porque la misión de la palabra –muy por encima de la brillant4ez, del colorido, del mero sonar bien- es comunicar, transmitir, interpretar la realidad. El mito platónico de la caverna viene a decir que vivimos en un mundo de sombras, donde reina la penumbra, y que vivir de forma inteligente significa abrir bien los ojos para entender el mundo y nuestra misión, para interpretar bien nuestro papel. Algo muy similar leemos en La vida es sueño y en El gran teatro del mundo. Si todo escritor debe iluminar la caverna en la que vivimos, un clásico es el escritor que más luz emite, el que es capaz de ayudarnos a entender cuestiones tan importantes y misteriosas como el amor, el sufrimiento, la libertad, la muerte, y lo único más importante que la vida: el sentido de la vida. Para Ander por la vida solo necesitamos saber dos cosas. Qué es la vida y quiénes somos nosotros. Pero esa sabiduría se nos escapa a menudo, pues el ser humano es mucho más complicado que la maquinaria más compleja. Pascal nos dice que apenas sabemos lo que es un cuerpo; menos aún lo que es un espíritu; y no tenemos ni idea de cómo un cuerpo puede estar unido a un espíritu, aunque eso somos nosotros. “Un animal racional es una mezcla explosiva”, leí en un examen escrito. Y es verdad, pues hemos inventado la música de cámara y la cámara de gas.
De ahí nuestro respeto a los libros, en consonancia con nuestro afán por conocernos a nosotros mismos. Por eso entendemos a Maquiavelo, cuando escribe aquella espléndida carta a Vetturi, donde se pinta a sí mismo en el trance de la lectura. “Venuta la sera, mi ritorno in casa, et entro nell mio scrittorio”, le dice: “Cuando cae la tarde, me vuelvo a casa y entro en mi escritorio. Pero antes me quito el vestido diario y me pongo el traje con que he visitado a los reyes y a la curia. Con esa elegancia entro en la corte de los hombres antiguos y soy recibido por ellos con afecto. Allí me alimento de aquella comida que es sólo para mí, pues yo para ella nací. Y no me avergüenzo en hablar con ellos: les pregunto la razón de sus acciones y ellos, por su humanidad, me responden. Y durante cuatro horas no siento tedio, olvido todo afán, no temo a la pobreza, no me aterra la muerte: todo yo me convierto en ellos”.
Diez clásicos.
Propongo, para concluir, diez libros que merecen un 10 y cumplen una triple y deseable exigencia: amueblan la cabeza, fortalecen los motivos y educan la sensibilidad.
1.- Homero: Odisea
2.- Platón: Apología de Sócrates
3.- Marco Aurelio: Meditaciones
4.- San Agustín: Confesiones
5.- Shakespeare: Macbeth
6.- Dostoievski: Crimen y castigo
7.- Orwell: Rebelión en la granja
8.- Marisa Madieri: Verde agua
9.- Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido
10.- Cervantes: Don Quijote de la Mancha
[1] “Selección Literaria”, Revista Librerías Troa nº 2, Madrid, febrero 2006, sgenerales@troa.es

Saturday, November 11, 2006

Cocker, belleza manipulada, belleza prerecedera


Pipo se muere. Es el cocker de mi vecina. Fue un regalo de sus hijos que trataban de fomentar una relación afectiva para que tuviera que salir a dar un paseo. Cuando nos hacemos mayores, un perro puede ser la disculpa para obligarnos a dar un paseo por la mañana y otro por la noche, mantener un horario, etc. Pero Pipo, ahora que su ama ya se había hecho al ritmo de su presencia, se muere. Tiene un tumor en la cabeza que le comprime un globo ocular y lo empuja hacia fuera.
Mi vecina lo llevó al veterinario quien le aclaró que los perros cocker son perros muy frágiles. Los criadores de perros los cruzan para mantener la raza y la belleza, el famoso pedigree, sin atender al parentesco. Es pues una raza manipulada en busca de un beneficio económico. Su belleza es tanta como grande la precariedad de su salud.
La enfermedad y el sufrimiento de Pipo me lleva a pensar en las manipulaciones genéticas a las que se someten embriones humanos en busca del hijo perfecto, del donante de material genético con el que sanar a otro ser humano enfermo. ¿Será pan para hoy y hambre para mañana? ¿Cuánto durará el “remiendo” genético y que daños causará en el ser humano que lo reciba? ¿Cuántos embriones –seres humanos en sus pasos iniciales- tendremos que sacrificar en el experimento? ¿Nos importan los seres humanos, el donante y el receptor, o nos importa en negocio económico que hacemos con el experimento? ¿Somos conscientes del negocio que estas “investigaciones científicas” mueve? ¿Nos tendremos que escandalizar algún día del blanqueo de dinero, de la corrupción de este negocio silencioso, reservado a los comerciantes de la “ciencia”?
El sobrino de Atilano Nicolás

Demócratas versus políticos


No cabe el desaliento. No vale excusarse para no tomar parte en esta tremenda lucha contra los poderes fácticos. No nos engañemos. Una cosa es la vida del ciudadano de a pie y otra muy distinta los intereses de la clase política.
El estado, el gobierno y las instituciones políticas, como entidades surgidas del derecho, de una normativa legal, de la ley, pueden ser removidos completamente. Pueden ser cambiados o transformados siempre que la sociedad que los sustentan así lo determine. Ejemplos de dictaduras borradas y sustituidas por democracias, monarquías transformadas en repúblicas y viceversa, ya hemos vivido en nuestra historia española y europea.
Las leyes las elaboran los políticos para ordenar la sociedad. Pero los políticos son personas sometidas a sus circunstancias y elaboran las leyes a tenor de los pactos y compromisos políticos y económicos de los grupos de presión que los sustentan.
Las leyes de un estados son susceptibles de ser derogadas, mejoras o empeoradas. Pueden ser sustituidas por otras leyes. La calidad de una ley vendrá determinada por su respeto a la dignidad del hombre, a quien se supone que intenta servir. Si respeta y promueve la dignidad del hombre será una ley válida para todos los ciudadanos y su permanencia en el tiempo garantizará el bienestar de la sociedad.
Una ley que no respete al hombre, la vida del ser humano, lo necesario para su sustento físico (trabajo, vivienda), su condición de ser indefenso en las primeras y últimas etapas de su vida así como en los momentos de enfermedad o accidente, el medio natural para su desarrollo (familia, escuela, naturaleza) introducirá una injusticia social que llevará a la crispación, a la alteración de la convivencia ciudadana, a los desórdenes sociales y al crimen.
Este camino se puede recorrer en sentido inverso. Si nos encontramos una sociedad en la que el índice de criminalidad es alto, existe crispación y graves problemas de convivencia ciudadana; si asistimos a la reiterada violación de los derechos más elementales, como la protección a la infancia (maltratos a niños, abortos masivos, eliminación silenciosa de enfermos terminales y ancianos), deberíamos considerar seriamente la calidad de las leyes por las que nos regimos.
Y como apuntaba al comienzo, el ciudadano no puede esperar de la clase política que enmiende unas leyes que ha elaborado a tenor de los pactos y compromisos políticos y económicos de los grupos de presión que los sustentan.
Somos nosotros, los ciudadanos de a pie, los demócratas, los que tenemos que alzar la voz del voto en las urnas, y pronunciarnos claramente sobre nuestros intereses, que no son otros que ser gobernados por unas leyes que promuevan el respeto a la dignidad humana y la paz social.
El sobrino de Atilano Nicolás

Friday, November 10, 2006

Quiero adoptar un embrión

La realidad se impone a las justificaciones falsamente científicas de los políticos que sólo pretender llenar sus bolsillos o los bolsillos de sus amigos, disfrazando de “científico” un interés meramente económico.
Me refiero a la noticia que aparece en la publicación gratuita 20 minutos del miércoles 8 de noviembre, página 8 (www.20minutos.es) y que copio para el lector:
“Nace de un embrión congelado trece años”
Un bebé en Barcelona. Gerard tiene diez meses y es único en el mundo. Sus padres no podían tener hijos y decidieron adoptar un embrión congelado desde hace trece años. Tras un embarazo satisfactorio, el pequeño nació en diciembre del año pasado en Girona. “Se trata del primer niño nacido procedente de un embrión adoptado”, explica Juan Álvarez, catedrático de Medicina Reproductiva de la Universidad de Harvard y director del Instituto Marqués.
Los pormenores de este caso único, por ser el primero, se publican esta semana en la revista científica Reproductive Biomedicne On Line, y “confirma que el tiempo de crío-preservación de los embriones no tiene por qué suponer un handicap a la hora de lograr un embarazo si la técnica se realiza en óptimas condiciones”, señala Álvarez.
El Programa de Adopción de Embriones del Instituto Marquès, pionero en este campo y operativo desde el año pasado, ha trabajado con 728 embriones, de los que han nacido ya 52 bebés y otros 16 están en camino.
Para el científico Juan Álvarez, el interés de la noticia parece estar en la utilidad de la técnica llamada crío-preservación. Para mí, el interés radica en la demostración de que la vida humana existe en ese embrión que hoy se llama Gerard, que estuvo congelado durante trece años y que hoy es un español más. Los políticos podrán seguir haciendo leyes que permitan a los científicos crear y destruir vidas bajo pretensiones científicas pero algún día tendrán que rendir cuentas ante la Historia porque la realidad termina por imponerse. A los ciudadanos nos queda la alternativa de usar la cabeza y votar a favor de la vida. Hagamos Historia.
El sobrino de Atilano Nicolás

Tuesday, November 07, 2006

Una educación para la vida ciudadana

Concepción Naval, natural de Lleida, es Doctora en Filosofía y Letras por la Universidad de Navarra, Vicerrectora de Ordenación Académica y Profesora Agregada de Teoría de la Educación en este mismo centro. Miembro fundador de Politeia y vinculada a redes internacionales en el área de la promoción de la educación cívica y la participación social. Y acaba de publicar el libro “Educación y Ciudadanía en una sociedad democrática”
Es un hecho constatado en las últimas décadas, en el mundo occidental, lo que podríamos llamar el “ascenso del civismo o, más bien, la creciente conciencia de la necesidad de subrayar las dimensiones sociales, cívicas, de la vida y de las relaciones humanas. Se contempla a la educación como el medio adecuado para ayudar a la convivencia ciudadana: educar para, en y sobre la vida ciudadana. Se ve la educación como el horizonte de esperanza para el mantenimiento, consolidación y regeneración de las democracias, aunque en muchos casos se desconoce en parte el sentido profundo que la educación tiene. Si es educación tendrá que ser personal, y si es personal no puede prescindir de los aspectos morales.[1]
Pero, ¿qué se quiere significar cuando decimos educación para la vida ciudadana? Esta parece ser la pregunta que permanece sin una respuesta adecuada, a pesar de reclamarla con tanta insistencia en las sociedades democráticas.
Una de las críticas que se hacen actualmente a este aspecto de la educación apunta a la falta de un marco teórico adecuado. Es decir, qué idea de ciudadano tenemos; o cómo se ven o querrían verse a sí mismos esos niños y niñas, esos estudiantes, al realizar actividades cívicas o sociales, de voluntariado, etc. Los medios son importantes, pero más lo son los fines. ¿Qué educación se busca promover?, y, ¿para qué ciudadanía?, no sólo la que ya hay, sino señalando el adónde sería deseable llegar.
Es habitual encontrar en las respuestas que se dan a esta pregunta, una referencia a la necesidad de apuntar a tres niveles: conocimientos, actitudes (hábitos, virtudes sociales, valores) y habilidades o destrezas (fundamentalmente participativas y comunicativas). Pero este esquema pide una reflexión ulterior sobre qué conocimientos, qué actitudes o qué habilidades. No parece que vaya a haber problema para conseguir un acuerdo respecto a las destrezas o habilidades, pero sí lo hay, y notable, respecto a qué conocimientos, y más sin duda respecto a qué actitudes, llámense hábitos cívicos, virtudes sociales o valores.
Esto es así dado que una persona educada es aquella que tiene una forma de vida valiosa y deseable por sí misma, y no porque sea útil para otra cosa. La educación implica desarrollo intelectual y no sólo haber adquirido unas habilidades o destrezas operativas. Si alguien ignora por qué y para qué hace algo, podrá ser apreciado y solicitado como un excelente técnico, pero no será una persona educada. La educación implica sobre todo la compresión de los principios de actuación. Entonces los conocimientos adquiridos influirán en su visión del mundo y su sentido de la vida, potenciando su actividad ordinaria.
Así que se ve la necesidad de situar toda educación para la ciudadanía en el marco más amplio de la educación estética, afectiva, moral e intelectual; es decir, en el horizonte de una educación integral, ya que la vida social es parte de la vida moral, y lo moral no se reduce a lo social.
Toda educación cívica, como toda educación en general, encierra en su seno un concepto de hombre y mujer, que se refiere a un ser que por supuesto no vive inerte, sino situado, enraizado en una realidad histórica y socio-cultural concreta. Pero reducirle sólo a su dimensión social, sería dejarle malparado, con escasas defensas para sobrevivir moralmente; sin referentes más allá de las tradiciones en las que nace o crece.
Así cabe plantearse –y es la pregunta a la que una adecuada educación ciudadana debería responder-: ¿cómo debería ser entendida y realizada la educación, en su vertiente social, para que sea un catalizador en el proceso de potenciación de la dignidad humana y de la libertad, en el marco de una búsqueda del bien común? De hecho, marginar la educación moral, sustituyéndola por una instrucción cívica, supondría un peligro para la vida política.
Ortega ya se lamentó en su día de la pretensión de reducir la enseñanza de la ética a una educación para la convivencia, o, dicho de otro modo, de la ceguera que supone pensar la tarea educativa de humanizar al hombre como mera socialización. Nadie duda de la necesidad de una formación de ciudadanos, pero ésta no es suficiente: hace falta una formación de personas. Y es un elemento esencial en ese sentido adquirir criterios éticos, y junto a la educación del juicio moral, la del carácter moral.
Comenta Bloom en Gigantes y enanos (1991, 61) algo que me parece sugerente, y así terminamos:
“Schiller señaló que los tiempos modernos se caracterizan por la ciencia abstracta, por un lado, y las groseras pasiones, por otro, y que las dos esferas no guardan ninguna relación. Un hombre libre y buen ciudadano debe conservar una armonía natural entre sus pasiones y sus conocimientos; esto es lo que se entiende por un hombre ejemplar, y esa clase de hombre es lo que hoy parecemos incapaces de formar. Sabemos que una ciencia política que no abarque los fenómenos morales es incompleta y que un arte que no esté inspirado por la pasión de la justicia es trivial”.
[1] Revista “Selección Literaria”, Edita Librerías Troa, octubre de 2006, nº 9, páginas 36 y 37.

Monday, November 06, 2006

Rebelión social

Mª José Borrego Gutiérrez. Nacida en Zamora en 1973. Es Doctora en Farmacología por la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad es Profesora Adjunta de Genética y Bioética En la Universidad CEU San Pablo de Madrid y Secretaria Local del Instituto de Humanidades Ángel Ayala. Miembro del GIB: Grupo Interdisciplinar de Bioética de la Universidad CEU San Pablo.
En una interesante conversación con un grupo de alumnos tras finalizar mi clase comenzamos a hablar de la verdad: ¿existe la verdad? ¿se puede llegar a conocer? Y esa verdad ¿es única? o ¿pueden existir varias verdades?[1] Intentando partir de la propia naturaleza humana creo que al menos pudimos llegar a comprender que esa naturaleza ya no es intocable, que a pesar de conocer en qué momento biológico comienza la vida, no se respeta cuando así nos interesa. Sólo hay una verdad y la podemos llegar a conocer. Si no fuera así sería cuestionable hasta nuestra propia naturaleza.
Quisiera hacer una reflexión sobre los problemas que vivimos y que nos llevan inevitablemente a la deshumanización de nuestro mundo. Trataré de aportar soluciones a algunas de las batallas que tristemente damos por perdidas.
Existe una tendencia en Occidente a taparse los ojos ante las nuevas formas de totalitarismo. El materialismo capitalista y el materialismo socialista son ya algo caduco en prácticamente todos el mundo; vivimos un materialismo ateo en una sociedad de bienestar de corte capitalista en la que se manifiestan estos conflictos, si cabe, de un modo cada vez más destructivo.
Cada año decenas de millones de personas mueren víctimas del aborto y de la eutanasia. Además de estas prácticas, cada día, se utilizan para la investigación miles de seres humanos en las etapas más primordiales de sus vidas; estamos en vías de que se permita la clonación de seres humanos y nos justificamos con que van a salvar otras vidas. Todas estas experimentaciones se ven avaladas por gran parte de la comunidad científica conscientes, en muchos casos, de las lamentables consecuencias que ello puede significar.
El proyecto de la nueva ley de Biomedicina que será aprobada en breve por nuestros diputados y muy probablemente pasará silencioso e inadvertido por la mayoría de los españoles, está disfrazado de moralidad, pero al leerlo detenidamente y reflexionar sobre su contenido, sale a relucir la verdad de esta ley. En ella observamos una absoluta permisividad en los temas relacionados con la vida humana: es un ataque directo a nuestra propia naturaleza; se permitirá investigar con fetos ya nacidos e incluso vivos si la ciencia sospecha que presentan algún tipo de anomalía o malformación, además de otros muchos ataques contra la vida humana.
Enfermedades de transmisión sexual destrozan la vida de muchos jóvenes dejándoles estériles de por vida o condenándolos a tratamientos farmacológicos durante un largo periodo de sus vidas. Enfermedades como el SIDA u otras enfermedades incurables son consecuencia de los atentados contra nuestra frágil naturaleza.
Problemas sociales como las entradas masivas de inmigrantes que se producen cada día en nuestro mundo rico, con visos de una vida mejor, huyendo del hambre y de la desolación de ver cómo mueren sus niños de enfermedades triviales y fácilmente tratables en Occidente.
Ataques a nuestro planeta con graves consecuencias ecológicas, fruto de la sobreexplotación de los países con menos recursos, asolan el mundo.
Dios perdona, pero las consecuencias de tanta destrucción cada vez se hacen más visibles y vemos cómo la naturaleza humana se quiebra; el hombre moderno no quiere estar preparado para reflexionar sobre esta aterradora realidad. Cerramos las contraventanas de nuestra conciencia y de nuestra alma ante las desgracias que nos rodean y huimos de reflexionar sobre lo que está ocurriendo a nuestro alrededor.
No queremos dejar entrar nuestro buen espíritu en todos los rincones de nuestra alma. Nos sobran los temas que dan que pensar, nos sobran los enfermos aunque sean bien cercanos a nuestro entorno y nos sobra nuestro hijo más deseado cuando tras una prueba prenatal nos dicen que ese niño que tanto deseabas está enfermo e incluso algunos “médicos” animan a sus padres a deshacerse de él.
Cuando, en algunas ocasiones, pretende reflexionar con mis alumnos sobre esta realidad, encuentro la mayoría de las veces pocas ganas de hacernos responsables de este tipo de cuestiones. Preferimos vivir en la ignorancia y no complicar la conciencia. Mis alumnos me reconocen con toda sinceridad que los que más les importa es tener buenos amigos y una vida lo más fácil posible y si se tercia desahogada económicamente. Muchas veces prefieren no profundizar en la verdad de las cosas “ya que se vive mejor así”. Recuerdo una alumna que tras una clase en la que traté la realidad del aborto, se acercó a mí con lágrimas en los ojos, cuando terminó la clase, y me dijo que con qué derecho le hacía yo tener que recordar esta trágica experiencia por la que había pasado unos meses antes.
Vivimos en la sociedad de la falsedad, de utilizar la táctica de la tolerancia y dejar pasar el tiempo a ver qué pasa y si no pasa nada mejor. Pero tenemos que reaccionar con sinceridad y juicio crítico; tenemos que saber pararnos en nuestro ajetreo, cada uno con nuestras circunstancias y en nuestro entorno y saber influir y aprender a hacer de los problemas sociales nuestros problemas; aprender a no callarnos ante la injusticia. Nuestra sociedad sí importa y de nosotros depende el futuro de nuestros hijos. Tenemos que conseguir la responsabilidad de hacer de nuestra sociedad una sociedad digna y respetuosa con el ser humano.
[1] Artículo en “Selección Literaria de Librerías Troa” nº 10, noviembre 2006, páginas 30 y31

Thursday, November 02, 2006

Carta aclaratoria al Presidente de mi Comunidad Autónoma


Sr. Presidente de mi Comunidad Autónoma, le vuelvo a escribir:
Me dicen que no se entiende muy bien mi anterior carta; que parece que defiendo el aborto. Que no, señor Presidente. Que se me rompe todo dentro, en mi interior, pensando en lo que somos capaces los seres humanos cuando actuamos lejos de nuestra condición de hombres y preferimos hacernos ricos antes que considerar los medios que utilizamos para hacernos con el dinero.
No puedo estar a favor mientras veo que todo un aparato estatal, con cortes y estamento de justicia para hacer cumplir la ley, resulta totalmente inútil y no defiende lo más elemental que es la vida de los seres más indefensos y permite que los "espabilados" hagan el agosto y además ni tan siquiera paguen el impuesto de sus actividades "profesionales".
Detrás de mi pretendida ironía se esconde la amargura de ver a los hombres y mujeres más "calzonazos" de toda España que no son capaces de defender en la política sus convicciones, porque señor Presidente, estoy segura de que muchos políticos piensan como yo, pero les da vergüenza enfrentarse a los ricos que comercian con el dolor de mujeres cuando no aciertan a defender lo que de verdad merece la pena: el fruto de sus vientres.
No puedo desear a esos espabilados mal alguno. Les deseo que algún día alcancen a ver que hay muchos Auschwitz. También en España. Quizás dentro de unos años, tengamos que ir en peregrinación a esas clínicas a llevar flores y a recordar a tantos inocentes que fueron allí masacrados para obtener el dinero de sus madres. Y la tragedia para ellas será haber podido disponer de esos 4000 euros.
No sé que extraña coincidencia en mi cabeza: 30 monedas de plata fue el precio de una vida. Hoy parece que se cotiza a 4000 euros. Pero sin duda terminarán tirados por el suelo porque llevan la mancha de la sangre de un inocente.
El sobrino de Atilano Nicolás